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ABC JUEVES 13 2 2003 La Tercera ABC DE SEVILLA. F UNDADO EN 1929 POR DON J UAN IGNACIO L UCA DE TENA CARTAS PARTE de las cartas estrictamente personales, recibo con frecuencia otras que no se pueden llamar impersonales porque van dirigidas a esa insignificante persona que soy yo. En general suponen atención a lo que he dicho o escrito, reacciones de las personas a las que me dirijo al escribir sin poder darles un rostro concreto. Esto hace que la función de escribir pueda ser en alguna medida un diálogo. Esto es enormemente valioso, y siento agradecimiento y una impresión confortadora de que las palabras no se pierden enteramente. Mis muchos años y no menos limitaciones me impiden contestar directamente a la mayoría de esas cartas. Pero las tengo en cuenta, interiormente acuso recibo de ellas, y esto atenúa la impresión de soledad que muchas veces siente el que escribe. Debo decir que la mayoría de esas cartas son pertinentes, acertadas, eco de mis propias palabras, casi siempre mejorado y enriquecido, lo cual es particularmente consolador. A quien escribe con cierta frecuencia, incluso con alguna regularidad, estas manifestaciones de respuesta les sirven para saber dónde está, en qué medida es entendido. Casi siempre tengo la impresión de ser rectamente entendido; siempre procuro ser claro, decir lo que realmente pienso, añadir lo que me parece indispensable para evitar toda mala interpretación. Esto obliga a decir muchas cosas que en principio parecen innecesarias y podrían omitirse, pero que evitan las interpretaciones parciales, probablemente erróneas. De vez en cuando, sin embargo, tengo la impresión de que algunos lectores han leído lo que no he escrito. Se percibe la impresión de que el autor de esas cartas supone que pienso lo que no he formulado. Esta impresión puede tener diversos sentidos. Uno de ellos que el lector de un artículo o libro mío lo ha prolongado por su cuenta, añadiendo lo que supone que yo pienso o desearía que lo pensara. En ocasiones se trata de una esperanza, en otras de un temor. Muchas veces adivino una duda en mi lector que se podría formular así: ¿adónde irá a parar? Mi propósito es siempre decir lo que pienso del modo más claro e inequívoco posible. Naturalmente, no se puede decir todo, y todo escrito es deficiente. Hay que procurar que quede clara al menos la intención del que escribe; no suscitar falsas esperanzas o temores. Si es posible, hay que dar la impresión de que el pensamiento propio va en una dirección determinada, de manera que el que lee evite anticipaciones que no podrían cumplirse y engendrarían decepción o frustración. En todo caso, se ha ido depositando en mí, año tras año, la impresión de que los lectores atienden, y por lo general entienden. Hace cerca de dos siglos Larra se preguntaba si escribir en España es llorar. Creo que ya entonces no era menester ese llanto; desde luego, no en nuestro tiempo. Lo importante es darle su verdadero sentido a la palabra escribir. No se trata del mero hecho de llenar de prosa unas cuarti- A Hay que procurar que quede clara al menos la intención del que escribe; no suscitar falsas esperanzas o temores. Si es posible, hay que dar la impresión de que el pensamiento propio va en una dirección determinada, de manera que el que lee evite anticipaciones que no podrían cumplirse y engendrarían decepción o frustración llas que pueden ser un artículo o un libro entero; lo interesante es que el que escribe se diga a sí mismo, que esté en cada página escrita, que descubra su verdadera realidad, sus preocupaciones, sus sentimientos, en algunos casos su intimidad. Cuando algo está verdaderamente escrito, el lector tiene la impresión de que al poner la mano sobre la página siente un latido cordial. Hay escritores en que esto sucede asombrosamente. Así en algunos clásicos con los cuales sentimos una extraña amistad. El ejemplo máximo sería para los españoles Cervantes. ¿No tenemos la impresión de haberlo conocido, de estar dialogando con él cuando entramos en un libro suyo? Con otros autores, incluso eminentes, no tenemos esa impresión. Nos basta con leerlos, no echamos de menos haberlos conocido, conversado con ellos, decirles algo y esperar su respuesta. Una enorme porción de la literatura y el pensamiento de todas las lenguas y épocas tiene esos caracteres; podríamos decir con leerlo basta Otros escritores piden algo más; son aquellos cuya lectura no queda terminada; parece que nos siguen hablando, prometen lo que todavía no se ha cumplido, inician una conversación que debería continuar, convertida en diálogo. He hablado de algunos clásicos; más cerca de nosotros esto nos ocurre con la mayoría de los autores de la llamada generación del 98. No sé si se ha empezado a leerlos menos; es posible que hayan pasado de moda o que hayan tenido eco algunos disuasores que nos han aconsejado abandonarlos. Quizá estén en una fase de lo que podríamos llamar retracción, olvido momentáneo. Estoy seguro de que esta situación no puede prosperar. La condición intrínseca de autores como Unamuno, Antonio Machado, Azorín, excluye que puedan pasar Son necesarios; hemos entablado con ellos diálogos que no han terminado, que se reanudarán cada vez que volvamos a sus páginas. Tienen asegurada, si no la inmortalidad, la vitalidad. No es un problema de calidad sino de cualidad. Autores espléndidos, de altísimo valor, son renunciables podemos dejar de leerlos, desentendernos de lo que en un momento han sido para nosotros, a pesar de su excelencia. En otros casos, el olvido es imposible: el menor contacto con su prosa o sus versos nos hace sentir un tirón imperioso que nos sumerge en su mundo. Tal vez se trate de esto: de que han sido autores- -no exageremos, no digamos creadores- -de un mundo tal vez modesto pero propio e insustituible. Para que la cosa resulte clara, nombraré a Azorín; es posible que en los últimos decenios no se lo lea mucho; algunos han procurado que así sea; pero el que tropiece con un escrito de Azorín, el que entre en su pequeño y modesto mundo, difícilmente podrá escapar a él. Algo parecido puede decirse de Antonio Machado; las preferencias de los escritores posteriores fueron ya en otra dirección; otros escritores fueron objeto de su devoción y preferencia; sin embargo, la vuelta parece asegurada. Se podrían percibir estas diferencias en los ecos que suscitan los escritos y que a veces se manifiestan en esas cartas que nos llegan a los que escribimos ahora. Si se pudiera ver el conjunto de las reacciones que los escritos actuales suscitan, se podría prever su destino, la configuración que pueden ir adquiriendo en el futuro. El que escribe es en cierta medida responsable de ese porvenir. Cervantes lo dijo muchas veces: Tú mismo te has forjado tu ventura JULIÁN MARÍAS de la Real Academia Española
 // Cambio Nodo4-Sevilla