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16 OPINIÓN DOMINGO, 24 DE DICIEMBRE DE 2017 abcdesevilla. es opinion ABC LA TRIBU ANTONIO GARCÍA BARBEITO TRIBUNA ABIERTA EL GLOBO Un manojo de globos sujetos por un hilo que tú te atas a la muñeca de la memoria, para que no se te escapen al cielo del olvido S un muñeco de lana, de tan vestido para que el frío que le ronda no le entre. Abrigo, guantes, bufanda... Es un niño asomado a una ventanilla de lana. Le lagrimean un poco los ojillos, donde los pájaros del frío le habrán aleteado al ir por la calle, pero el niño limpia con parpadeos su mirada y consigue que toda la ciudad le quepa en la instantánea de esos dos ojos que, sin saberlo, van buscando asombros para darle de comer, mucho más tarde, al hombre que le vendrá y que se dolerá de nostalgia. El niño le da una mano a su madre y con la otra sostiene un globo morado, lleno de gas. El niño lleva el globo con el mismo mimo con el que quizá otro día lleve un cirio, una vara de hermano o una bandera deportiva. El globo tiende a subir, pero se queda en un vertical intento de aerostático de bolsillo atado a la muñeca del chiquillo. El globo, si el niño lo soltara, se elevaría por cima de los tejados y, desde la oscuridad de la altura de la noche, observaría la ciudad encendida, como un ciego pájaro de gas. Pero se perdería para siempre. El niño lo sostiene atado para que no se le escape esa burbuja encerrada, vestida de fiesta, como él. La ciudad pinta sueños de luz y sonidos en las paredes, cine de invierno al relente, y la piedra se torna viva, como ayer se tornaban vivas las sábanas de los patios de los cines de verano. La gente mira la fantasía, la bellísima mentira de luces, y la niñez les regresa como un recuerdo. El niño del globo ha llegado, de la mano de su madre, a las veras donde se agrupa el gentío que, gracias a Dios, sigue asombrándose con la fantasía de la noche, por la que cruzan campanilleros o en la que se instalan habilidosos bailarines o pasan payasos que la necesidad ha vestido en los camerinos de los clavos ardiendo Pasan más campanilleros, grupos de gente madura en quienes maduran los viejos sonidos eternos de las calles de diciembre. Observas al niño del globo, que cuida de que no se le escape de su muñeca, en esa tierna cetrería donde el hilo unípede hace imposible que el globo remonte el vuelo, y te das cuenta de que tú llevas de la mano a otro niño, a ti mismo, por estas calles que siempre te parecerán de ayer, por estos días que son un manojo de globos llenos de calor, de luz, de nombres, de frío, de tristeza, de recuerdos... Un manojo de globos sujetos por un hilo que tú te atas a la muñeca de la memoria, para que no se te escapen al cielo del olvido. No sé por qué no te coges de la mano de ese niño del globo, porque aunque pudiera ser tu nieto, venís a tener la misma edad en el corazón. antoniogbarbeito gmail. com Este artículo fue publicado el 24 de diciembre de 2011 SEVILLA POR SUS CONVENTOS POR ROGELIO REYES En una época dominada por el ruido tanto externo como interno la silente conversación íntima con la divinidad que se vive en los claustros constituye en sí misma un valor que trasciende el ámbito estricto de la creencia cristiana S Sevilla una de las ciudades con mayor patrimonio conventual de todo el mundo cristiano. Su gran desarrollo económico y artístico en los siglos XVI y XVII, ligado a la próspera empresa americana, propició la fundación de numerosos conventos y monasterios que al menos hasta la segunda mitad del XIX constituían, junto a los templos parroquiales, un auténtico eje vertebrador de su urbanismo y un exponente del latir de su vida cotidiana, tan vinculada en el curso del tiempo a la devoción religiosa y a las vivencias litúrgicas. Basta observar con detalle el mapa de Olavide de 1771 para hacerse idea de hasta qué punto los viejos paredones de aquellos cenobios pespunteaban una muy extensa porción de su casco histórico y de los terrenos situados al otro lado de la muralla. El apretado viario que ese mapa refleja, aliviado a lo largo del siglo XIX sucesivamente por los derribos del ocupante francés, la desamortización de Mendizábal y la Revolución de 1868, que airearon el primitivo trazado urbano, hacía de la antigua Sevilla una ciudad laberíntica en la que el sonar de las esquilas conventuales marcaba en buena parte el ritmo de la vida de sus barrios. Pero si ni siquiera en las órdenes contemplativas el rigor de sus clausuras impedía del todo esa fructífera relación con sus vecinos, en su cálida soledad interior esos lugares de oración eran y siguen siendo la expresión de una alta espiritualidad vivida en medio de la renuncia, el trabajo y el silencio; en una atmósfera de elevación y recogimiento, de sintonía personal con la trascendencia que irradia su benéfica acción sobre el mundo de la fe cristiana pero que suscita también el respeto de los no creyentes. En una época dominada por el ruido tanto externo como interno- -el viejo strepitus paradójicamente mudo del que hablaban los místicos pero también el propio Antonio Machado ...el mundo es ruidoso y mudo, poetas, sólo Dios habla -la silente conversación íntima con la divinidad que se vive en los claustros constituye en sí misma un valor que trasciende el ámbito estricto de la creencia cristiana e interpela en su sensibilidad moral a toda persona de bien. No en vano ese potente atractivo de orden espiritual despertó siempre el interés de los artistas del pincel o de la pluma, desde la pintura religiosa del Barroco a los interiores conventuales de Alfonso Grosso, y desde el relato becqueriano de Maese Pérez a las bellas páginas escritas ya en nuestros días por Romero Murube, Morales Padrón, Rafael Montesinos, Antonio Burgos, Ismael Yebra o Jacobo Cortines. Más allá de esa riqueza estrictamente espiritual, los conventos de Sevilla guardan, además, un patrimonio artístico de excepcional valor, hoy en serio peligro de pérdida o de deterioro por varios factores coadyuvantes. La marcada secularización de la sociedad actual, la escasez de vocaciones y el alto coste del mantenimiento de los seculares edificios conventuales llevan años carcomiendo la integridad de ese semioculto tesoro que la ciudad está obligada a preservar y a cuidar con esmero por un imperativo ético del que no puede abdicar en modo alguno si no quiere reiterar las culpables inhibiciones que ha mostrado en la conservación de algunas otras de sus joyas patrimoniales. Un reciente ciclo de conferencias y mesas redondas organizado por ADEPA y la Real Academia Sevillana de Buenas Letras ha puesto de relieve en toda su crudeza no sólo el proceso de deterioro que están sufriendo nuestros cenobios femeninos de vida contemplativa sino las mismas carencias del vivir diario de sus comunidades. No hace falta decir que el problema es complejo y que no puede resolverse sólo ni con la ayuda de las administraciones públicas ni con la implicación sostenida de las estructuras eclesiásticas diocesanas y de las órdenes que regentan los conventos, ni siquiera con aportes dinerarios más o menos coyunturales. Para que el remedio sea en verdad duradero, habrá además que generar propuestas imaginativas que no se limiten al arreglo material de templos y monasterios y ofrezcan fórmulas de estable rentabilidad de cara al futuro, cauces de autofinanciación que palien en parte esa penuria económica y concilien el respeto a la acción espiritual de nuestras monjas de clausura con la apertura de su rico patrimonio a la contemplación pública, a esa recurrente Sevilla de los conventos por la que tantos sevillanos vienen clamando como verdadera ruta cultural y turística. Tal vez un primer paso podría ser la creación de una plataforma ciudadana que sin ánimo alguno de pugna sino de fructífera colaboración con las instituciones directamente concernidas por el problema, ayude a concienciar a los sevillanos y aliente con su acción tan hermoso propósito. Vistas el aura de respeto que esos conventos generan en su entorno más próximo y la cálida simpatía que despiertan entre sus vecinos, es seguro que el pueblo de Sevilla acogerá la idea y sabrá arroparla con fervor. Antes de que algún día tengamos que avergonzarnos de haber perdido uno más, y no ciertamente el menos importante, de los muchos cielos que el pasado, pródigo con Sevilla, nos fue legando como don preciado de una brillante trayectoria histórica a cuya altura no siempre hemos sabido estar. ROGELIO REYES ES CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA E E
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